Patrick Wayne Kearney es uno de los asesinos en serie más notorios de Estados Unidos, recordado por su brutalidad y su peculiar método para deshacerse de los cuerpos de sus víctimas: los envolvía en bolsas de basura antes de abandonarlos en zonas aisladas.
Infancia marcada por la violencia
Nacido el 24 de septiembre de 1939 en Los Ángeles, California, Kearney creció en una familia de clase media. Desde pequeño mostró signos de perturbación, especialmente tras presenciar la matanza de animales, un evento que en lugar de generarle repulsión, despertó su fascinación por la violencia. Además, durante su adolescencia sufrió acoso escolar debido a su complexión delgada y frágil, lo que contribuyó a desarrollar en él pensamientos de venganza y agresividad.
El inicio de sus crímenes
Ya en su vida adulta, Kearney trabajó como ingeniero y mantuvo una relación sentimental con David Hill. Sin embargo, su impulso asesino se hizo incontrolable y en 1962 cometió su primer asesinato. Su modus operandi consistía en recoger a autoestopistas o personas solitarias, asesinarlas de un disparo, cometer actos de necrofilia y desmembrar los cuerpos antes de deshacerse de ellos en bolsas de basura.
Durante más de una década, Kearney llevó a cabo su ola de asesinatos en el sur de California. Sus víctimas eran principalmente jóvenes y hombres adultos a quienes abordaba en bares o zonas de alto riesgo.
Captura y condena
Su captura se produjo en 1977, cuando cometió un error al asesinar a John Lamay, un joven de 17 años. La investigación policial reveló su conexión con la víctima y, tras encontrar pruebas incriminatorias en su casa, Kearney huyó junto a Hill a Texas. Días después, decidieron entregarse voluntariamente.
Ante la presión de las evidencias, Kearney confesó haber asesinado a más de 30 personas, aunque solo se le pudo procesar por 21 casos. Para evitar la pena de muerte, se declaró culpable y fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.
Un legado de terror
Actualmente, Kearney cumple su condena en la Prisión Estatal de Mule Creek, en California. A lo largo de los años ha solicitado revisiones de su caso, pero todas han sido rechazadas. Su historia sigue siendo un recordatorio escalofriante de cómo un individuo aparentemente común puede convertirse en un asesino despiadado.