Ciudad del Vaticano.— En un ambiente de unidad y esperanza, los cardenales reunidos en las congregaciones generales previas al cónclave han expresado su disposición para elegir pronto al nuevo Papa. La votación iniciará el próximo 7 de mayo en la Capilla Sixtina, y se estima que podría concluir en dos o tres días, según diversas fuentes del colegio cardenalicio.
El cardenal Stephen Mulla, originario de Sudán del Sur, aseguró que prevalece la armonía entre los electores. “No hay divisiones visibles”, afirmó al término de la octava congregación. En tono optimista, destacó la disposición de todos los participantes para trabajar juntos en esta elección histórica.
Por su parte, el argentino Vicente Bokalic fue más conciso, limitándose a decir: “En camino”, al ser consultado sobre su preparación para el cónclave.
Aunque no participarán en la votación por superar los 80 años, algunos cardenales mayores también compartieron su perspectiva. El colombiano Jorge Enrique Jiménez Carvajal elogió el clima fraterno de los encuentros y valoró el papel de las mujeres en la Iglesia: “Son mayoría y el futuro del catolicismo”. Añadió que el nuevo pontificado seguirá una línea de continuidad con el actual.
Desde El Salvador, el cardenal Gregorio Rosa Chávez coincidió en que el cónclave será breve, destacando el carácter diverso del colegio cardenalicio. “La periferia está presente en la Capilla Sixtina; pueden venir sorpresas muy interesantes”, comentó. También recordó que muchas comunidades sufrientes están representadas por los electores.
Con 133 cardenales de 70 países distintos, esta será la elección papal más internacional en la historia de la Iglesia. Aunque no se han filtrado nombres, varios purpurados valoraron la amplia gama de perfiles como señal de vitalidad eclesial. “Eso demuestra que hay muchos líderes preparados para guiar a la Iglesia”, señaló Jiménez Carvajal.
Consultado sobre la posibilidad de que un italiano sea elegido, Rosa Chávez fue claro: “Todo es posible. Dios es el Dios de las sorpresas. Francisco también fue inesperado, vino del fin del mundo”.
La Iglesia se prepara así para una transición que refleje su diversidad y responda a los desafíos globales, en un clima de esperanza por un liderazgo renovado y comprometido.