La identidad de Parral ha estado profundamente ligada a la fe y a la devoción de su gente, una tradición que se remonta desde su fundación en la época colonial y que se mantiene viva hasta nuestros días. No es casualidad que su lema, “sobre todo la fe”, refleje el espíritu de una comunidad creyente que ha encontrado en su santo patrono, San José, un símbolo de esperanza, protección y arraigo.
Desde sus orígenes como el Real de Minas de San Joseph, el fervor religioso marcó la vida de la ciudad. La familia Biezma, a la que pertenecía el fundador de Parral, destacó por su profunda religiosidad, particularmente doña Ana de Biezma, quien profesaba una especial devoción a San José, influyendo incluso en el nombre original del asentamiento.
A lo largo de los años, esta devoción se ha manifestado de múltiples formas, siendo una de las más representativas la imponente estatua de San José, ubicada en el mirador de Mina La Prieta. Esta obra monumental se ha convertido en uno de los íconos más importantes de la ciudad.
Fue a inicios de 2007 cuando el arribo de una enorme estructura captó la atención de los habitantes. El 1 de febrero llegó a Parral, en un camión de doble plataforma, una de las partes de la escultura. Días después, más de 30 trabajadores iniciaron el armado del monumento, enfrentando un desafío técnico considerable debido a sus dimensiones: 18 metros de altura y un peso de 10 toneladas.
Tras varios días de intenso trabajo y algunas complicaciones, la estatua fue finalmente ensamblada el 9 de febrero de ese mismo año, generando expectativa y admiración entre la población. La escultora, Lourdes Trevizo, describió la obra como una figura con “rostro fuerte y mirada dulce”, características que hoy la distinguen.
No fue sino hasta el 29 de septiembre de 2007 cuando el mirador fue inaugurado oficialmente en un evento encabezado por el entonces gobernador José Reyes Baeza, el alcalde Alfredo Amaya Medina, y el empresario Mario Vázquez Raña, quien donó la escultura.
Desde entonces, la figura de San José se mantiene como un guardián silencioso que observa la ciudad desde lo alto, representando no solo una obra monumental, sino también la esencia espiritual de Parral. Para sus habitantes, esta efigie no solo adorna el paisaje, sino que resume siglos de historia, identidad y fe profundamente arraigada.